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Una noche en Moscú

By Daniel Díaz

Estoy saliendo de mi hotel, dudando entre tomar el metro en Paveletskaya, o tomar un taxi. Pero, ¿cómo le iba a explicar al taxista la dirección del bar en el que mi amiga me citó si ni siquiera yo lo conocía?

Mi amiga, para ponernos en contexto, me había escrito cuando vio mi publicación en Facebook, con una foto de la Plaza Roja, quejándome de mi ropa que de poco servía para enfrentar el frío del inicio de la primavera rusa. Quedamos en encontrarnos, y, como quien le dice a uno que se encuentre en Unicentro, me citó en el que, después descubriría, era su bar favorito, no muy lejos del Teatro Bolshoi.


Pero, ahora, ¿qué hacía yo decidiendo mi medio de transporte en una fría noche primaveral en Moscú? ¿De dónde había salido una amiga rusa? Todo nos remonta a Noviembre de 2010, cuando decidí viajar por unos meses a Malta a mejorar mi nivel de inglés. Allá conocí a Daria, a quien llamábamos Dasha, tal vez por no entender bien la pronunciación de su nombre verdadero. Fue compañera de clases; de burlas por mi dieta de pizza, kebab y lasaña; de idas a Paceville. Y Moscú, apareció como un destino emergente en unas vacaciones de 2016, es decir, cinco años y algunos meses después de esa ida a Malta.


De hecho, este encuentro en Moscú, que se cerró con un mensaje de despedida en Facebook que traducía algo así como “Me encantó verte, parecía como si nos hubiéramos visto por última vez hace algunos meses y no hace cinco años”, no era el primero que tenía con mis amigos de Malta: Algunos años atrás había visitado París y San Petersburgo, en esos casos, explícitamente a encontrarme con otras amigas de esos meses malteses, que muy amablemente me invitaron a visitarlas a las ciudades en las que en ese momento residían.


Y al final, eso es lo más valioso de esos meses en Malta: Más allá de aprender y practicar el inglés, que lo hice, me permitió ver el mundo con otros ojos. Aún recuerdo con nostalgia la caminata desde el hotel donde me alojaba a mi escuela en el delicioso, este sí, frío del invierno maltés, con el Mediterráneo de fondo, caminando entre callejones llenos de las típicas casas maltesas. Pero también recuerdo las conversaciones con personas de lugares tan distantes como Corea, Irak, o Rusia, por caso, en las cuales compartíamos visiones sobre la vida, sobre nuestros países, sobre nuestras costumbres. Donde también averiguábamos más sobre los lugares de los que veníamos, conociéndolos, ahora sí, de primera mano, y evitando los prejuicios que puede generar el hecho de opinar de lo que no se conoce, o de lo que se conoce por lo que otros nos cuentan, incluyendo o eliminando detalles a su conveniencia.


Ese viaje a Malta amplió mis horizontes, me dejó con amigos de todas partes del mundo, me dejó excusas para seguir viajando, me llenó de anécdotas y de aprendizajes, y se convirtió en uno de los recuerdos favoritos de mi vida. Y claro, al tiempo, me permitió mejorar mi nivel de inglés. Por eso es que estoy parado en la calle Bakhrushin, muriéndome del frío, pero también de la ansiedad ver a mi amiga rusa, cinco años largos después de la última vez que la vi.


Al final me decidí por caminar cinco cuadras hasta Paveletskaya, tomar la línea circular y así llegar al bar. Tomarme algún coctel raro, y hablar con mi amiga, y sus amigas, de paso, como si nos conociéramos de toda la vida. Como si no hubieran pasado cinco años. Ya al terminar la noche, eso sí, decidí tomar taxi, y se hicieron realidad todos mis medios, al no reparar que en Moscú había más de un hotel IBIS, y que el taxista me llevó al primero que le indicó su GPS, que, claramente, no era el mío. Pero será tema de otra historia…


Daniel Díaz / Escritor y Blogger Invitado

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